Acabemos con los deberes

¡Acabemos con los deberes!

Juan José Millán

Un artículo sobre lo dañinos que pueden ser los deberes. Propuesta de mejora: metodología de aprendizaje basada en PLE.

Acerca de los deberes escolares:
Deberían decirnos a todos los maestros cuando estudiamos la carrera: “si usted quiere destruir a sus alumnos, póngales deberes todos los días”.

Los deberes, ¡qué barbaridad! Creo que jamás ha existido un arma tan potente como ésta. Siempre he sido un profesor “raro”, o al menos así me han hecho sentir a lo largo de mis años de docencia (y así me sigo sintiendo a día de hoy) padres, compañeros, amigos, colegas de profesión e incluso mis propios alumnos. A día de hoy tengo que advertir en la clásica reunión de inicio de curso: “yo no pongo deberes nunca”. Se lo comunico a los padres, a los alumnos y a mis compañeros, aunque ya me conozcan. Omito decir que esa norma funciona salvo que me obliguen por determinados motivos pedagógicos (así los llaman) que jamás he llegado a comprender.

Los profesores que no ponemos deberes debemos ser como un extraño monstruo verde que se desplaza por los pasillos del Centro y al que los compañeros conciben como ese profesor que no exige absolutamente nada a los alumnos, o como aquel que no quiere corregir páginas y páginas de cuadernos cada día. Como profesores los niños lo disfrutan, bueno, disfrutan que nosotros no les pongamos deberes aunque hacer deberes los hacen. A ellos les sorprende cuando el primer día de clase les dices que no les vas a poner deberes, que como mucho les encargarás repasar algún tema para hacer un ejercicio (exámenes, tema al que dedicaré también un artículo porque, ¡menuda barbaridad!). Es la noticia del día para ellos. Al día siguiente sueles recibir algún comentario de algún colega que te indica que no es bueno hacer las cosas así (aunque lleves varios años más de docencia experimentada) y también de algún padre sorprendido, incluso alarmado en algunas ocasiones, que no comprende cómo su hijo no va a pasar toda la tarde haciendo deberes… Siempre he deseado explicarlo como voy a hacerlo aquí en este artículo. En adelante, les invitaré a su lectura.

¿Cuántas horas trabaja usted, adulto, al día? 

Piénselo. Como media trabajamos unas ocho horas. Llegamos a casa cansados y lo que queremos hacer es relajarnos, desconectar, evadirnos. Así me lo hacen saber muchos padres cada vez que les solicito o les propongo más implicación con su hijo en ciertas tareas familiares. Nuestro trabajo y nuestro cansancio se convierten en el pretexto perfecto para que ellos, nuestros niños, tengan deberes. Así están tranquilos por la tarde y tenemos una excusa maravillosa para quedarnos en casa. Mientras ellos hacen cuatro páginas de absurdas reglas ortográficas, de multiplicaciones, divisiones, etc., nosotros, los adultos (así nos denominamos) descansamos en nuestro sofá plácidamente. Esto podemos hacerlo porque claro, los niños no se cansan. Después de permanecer en el Colegio al menos ocho horas y haber asistido a un par de actividades extraescolares, llegan a casa y se tienen que pasar dos horas haciendo deberes. Luego nos extraña que se porten mal cuando no tienen nada que hacer y también que aborrezcan ciertas materias. Lo extraño es que no aborrezcan su vida académica. Yo en su día, rechazaba completamente los deberes. Podría decir que los odiaba, pero no es este el tema. Sometemos a nuestros hijos a tantas horas de trabajo que ¿dónde queda el tiempo para dedicarse a su mayor obligación? Aquí chocamos con conceptos y verdades absolutas heredadas de algún extraño lugar a la hora de convertirnos en padres: la obligación de los niños es hacer los deberes y estudiar. Permítame decir un rotundo no. Su obligación es una, clara y necesaria: ser niños. ¿Cuándo les dejamos tiempo para ser niños? Es evidente que por las mañanas no. Por las mañanas los convertimos en pequeños ciudadanos de una sociedad escolar llena de normas, de principios, de consecuencias, de castigos, donde únicamente le damos valor a la inteligencia verbal y matemática porque ya se sabe, la enseñanza de la música, por ejemplo, no sirve para nada (yo he sido profesor de educación musical durante varios años, conste para marcar más fuerte si cabe la ironía de lo expuesto).  Todo eso es necesario: normas, consecuencias y cosas que aprender, sin duda alguna. El problema es que por la tarde todos tienen algo que hacer: fútbol, tenis, paddle, judo, ballet, gimnasia rítmica, ir al psicólogo porque es uno de esos niños mal diagnosticados de TDAH y claro, algo habrá que hacer con él. Estas actividades son también necesarias, pero es que, al llegar a casa, después de haber merendado en el coche, hay que sacar la agenda y abrir las mochilas y ponerse a hacer sumas. ¿Quién no caería rendido después de un día así? Y esto se repite cada día de la semana, de cada mes, de cada curso, durante al menos 10 años (primaria y secundaria).

Los deberes, ese gran enemigo de todo lo bueno que podemos conseguir de nuestros alumnos, porque cosas buenas hay, y para aburrir. Empezaré por esa desgastada y cada vez peor empleada palabra mágica de la educación: motivación. El alumno motivado es el que hace los deberes todos los días, el que saca muy buenas notas y le gusta hacer ejercicios. ¿Eso es realmente un alumno motivado? Desde luego que no. Es un alumno cumplidor. Un alumno motivado es aquel que quiere aprender cosas, que busca información, que realiza actividades por su propia cuenta sólo para aprender más y para descubrir. Es aquel que descubre cómo “enamorarse” de cada asignatura y que tiene muy clara la finalidad del Colegio: aprender. Todos queremos tener alumnos motivados pero: ¿cuándo tienen tiempo para motivarse? En clase les matamos con largas exposiciones más propias dela Universidad que de la Escuela, les encargamos actividades repetitivas que vuelven a repetir en casa como deberes. ¿Motivados? Lo normal con esta dinámica es que estén desmotivados y que cuando tengan tiempo libre lo que quieran es hacer cualquier otra cosa menos dedicarse a mirar libros o a hacer cualquier actividad académica. Por tanto, los deberes como destructores de la motivación.

¿Qué sucede con los alumnos que presentan algún tipo de dificultad de aprendizaje?
 Lo normal es que algún entendido de la materia haya dicho a los padres que es disléxico o que presenta déficit de atención. Nuevamente: ¡qué barbaridad! Pero más barbaridad aun es qué se hace con estos estudiantes. Lo más habitual es que no se haga nada. Otros llevan a sus hijos a un Logopeda o a un psicoeterapeuta… ¿Psicoterapia para una dislexia que en realidad es una disortografía?Os sorprendería la de veces que he visto algo similar. Sin entrar en la ética del profesional que se aventura a realizar dicha atrocidad, porque así es, observemos el día a día de este niño disortográfico y etiquetado como disléxico, o el del niño mal diagnosticado de TDA, o el discalcúlico…. Al Colegio por la mañana, a enfrentarse con las palabras, con los números o con un entorno estrictamente normativo. Frustración. Día tras día, mes tras mes. Año tras año. Pero lo peor no es este problema surgido de la falta de líneas metodológicas docentes, sino que al acabar el Colegio empieza el verdadero calvario: con o sin extraescolares, algunos días de la semana a su profesional para trabajar su dificultad, después a casa. Allí le esperan un montón de actividades que no son más que repetir lo que no sabe hacer o aquello que le cuesta muchísimo hacer. Una y otra vez. ¡Cuándo se darán cuenta algunos que no se trata de hacer lo mismo mil veces, sino de ver dónde está el problema y dar unos cuantos pasos atrás para que el alumno interiorice y haga propios esos aspectos! ¿Qué sucede con estos alumnos? Poca cosa: desmotivación sin duda alguna, esa ya la traían consigo. Obtendremos a niños con una autoestima pobre, con un autoconcepto académico desastroso y permanentemente aburridos. Generalmente estos niños suelen hacer atribuciones que son un verdadero pasaje del terror: yo soy mal estudiante, las cosas me salen porque a mí siempre me saldrán mal, siempre seré mal estudiante, no sé hacer nada, no podré aprender. Y es que los niños hablan entre ellos, señores. Sí, hablan. Y mucho. Y entre todas las cosas que se cuentan, intercambian el tiempo que han invertido en estudiar un examen. Claro, la nota también se comparte. ¿Qué piensa el estudiante que ha obtenido una nota suspensa habiendo dedicado el doble de horas al examen que aquel que ha obtenido una nota brillante con menos de la mitad del tiempo de esfuerzo? Y no sólo sucede con los exámenes, con los deberes ocurre algo igual. “He tardado el triple que mis amigos en hacer los ejercicios y los he hecho mal, mientras que ellos con muchísimo menos tiempo que yo los han hecho bien”. ¿Qué aprendizaje está obteniendo este niño? Desde luego el que se pretendía con los deberes, el académico, no.

Es triste escuchar cómo de vez en cuando un niño en clase o en sesión te comenta sorprendido: “ayer hasta me dio tiempo a jugar 5 minutos antes de irme a dormir”. ¿Eso es jugar? No debiera plantear este interrogante tan rápido. ¿Cómo que “hasta me dio tiempo a jugar 5 minutos”? Esto no puede ser. Una gran parte de nuestro aprendizaje y de nuestro desarrollo, ya no sólo cognitivo, se lleva a cabo mediante el juego. La socialización, la empatía… muchos de estos aspectos nacen del juego. Estamos convirtiendo en adultos con burnout a nuestros pequeños. Desde mi punto de vista es lamentable.

 

¿QUÉ PODEMOS HACER ENTONCES?
Resulta que estamos en el siglo XXI, y que en esta época (tan fascinante) que nos toca vivir, encontramos, iba a decir miles, millones de posibilidades. Un niño no es un adulto pequeñito. ¿Por qué no lo es?  Además de los aspectos fisiológicos donde sobretodo el tema hormonal es clave, al igual que también lo es el desarrollo del lóbulo frontal, nos separa un pequeño detalle: los niños se encuentran en pleno proceso de socialización de aprendizaje (en el sentido más estricto que se pueda dar a la educación formal). Hasta hace poco había una total diferencia en el aprendizaje: los profesores sabíamos las cosas y los alumnos tenían que aprenderlas. Rara vez un alumno nos sorprendía con algo nuevo ya que lo habitual era lo contrario. Hace unos años vi la primera presentación en Prezzi a través de un alumno de 9 años. Me enseñó Prezzi. Me fascinó. Pues bien, en este matiz temporal está la clave.

Hay que cambiar el nombre de los deberes por la palabra encargo. Al cambiar el nombre estaremos asumiendo un cambio de concepto. Encarguemos a nuestros alumnos a aprender sobre algo, algún tema relacionado con la materia que impartamos y que ellos se organicen para hacerlo de forma libre. Claro, el profesor en clase tendrá que cambiar algunas cosas. No deberá dedicar tanto tiempo a la impartición de contenidos. No se preocupe profesor, su alumno los va a aprender de manera autónoma. Tendremos que enseñarles a buscar contenidos, para lo que el maestro tendrá que entrenar a sus estudiantes en procedimientos de búsqueda, en discriminación de la información, etc.  Habrá que darles un guion para que no se pierdan, es decir, tendremos que acotar su trabajo y generar un documento (infografía, Word…) que puedan seguir para trabajar. Quizá también haya que enseñarles a ordenar la información que obtienen, y cómo no, a presentarla posteriormente en las horas de clase destinadas a esta tarea. Puede sonar a crear un PLE (Personal Learning Environment o lo que es lo mismo: entorno personal de aprendizaje). Y así es. Mi intención no es más que hacer que suene a PLE. Tenemos que darnos cuenta, y es una necesidad imperiosa, de que nuestros alumnos tienen que aprender a aprender más que nunca, y no sólo llevar a cabo aquellos aprendizajes que ya se concretaban en la literatura psicológica de los años 60, sino aquellos en los que tiene importancia lo virtual. Centrémonos en las herramientas tecnológicas y hagamos que estas sean el motor de aprendizaje de nuestros pequeños, ya que el día de mañana las necesitarán para la Universidad y para su propio trabajo. Pero aún hay más. Debemos ser responsables como docentes y ser conscientes de la tercera revolución digital, de esa que tanto hablo a padres y a profes. Aquella en la que los nativos digitales llegan al aula y usan su potencial adquirido de la experiencia para enseñar. Ellos multiplicarán por cien el impacto tecnológico. Pero es más. Los que no sean docentes: investigadores, filólogos, historiadores, médicos… todos ellos serán responsables de la generación de contenidos, de la experiencia digital. El input que les demos desde las aulas de pequeños condicionará los próximos años de la historia de la humanidad. Vuelvo a hacer mención de la obesidad tecnológica: debemos enseñar a los alumnos a ser buenos navegantes, buenos consumidor y buenos creadores de contenidos. Es clave.

Por tanto, acabemos con esa pesadilla de deberes que sólo sirven para minar la motivación, para aburrir a los estudiantes, para que rechacen lo académico, para que se frustren con actividades complejas que no les llevan a nada porque no tienen una lógica psicopedagógica. Acabemos con las horas tiradas a la basura que les restan tiempo de jugar, de ser niños, a cambio de un beneficio muy, muy dudoso.

La generación de espacios, tiempos y recursos para el PLE, no sólo puede ser un magnífico trueque, sino que además puede servir de recurso educativo en sí mismo. Con él, la dinámica de aula puede ofrecer un cambio importante. Ya no será necesario (aunque hace tiempo ya que no lo es) que el profesor consuma una gran parte de minutos de la clase. Tampoco serán protagonistas libros de texto, de ejercicios, fichas de trabajo… Genera a su vez un importante cambio también a la hora de hacer grupos. Lo “rompedor” a la hora de hacer grupos ha venido siendo en los últimos años la composición de grupos heterogéneos, con diferentes niveles para que los estudiantes más aventajados ayuden a los menos aventajados. Ahora, con esta dinámica, habrá un nuevo concepto de grupo: por tipología de PLE. Si deseamos que los alumnos profundicen en su PLE, no hay nada como agrupar a varios estudiantes que trabajen con un PLE semejante, incluso con herramientas similares dentro de un PLE algo diferente, o tal vez con herramientas diferentes dentro del mismo concepto de PLE. Si queremos ampliar su repertorio, podremos agruparlos en base a PLE diferenciados. Este trabajo no se acaba cuando acaba la clase. No puede acabarse ahí. El alumno estará deseando ampliar datos, generar información, compartirla…

De un plumazo, nos hemos llevado por delante a los deberes, los hemos desterrado, hemos adaptado la metodología a una metodología cooperativa basada en TICs y hemos ofrecido a los estudiantes la maravillosa mochila del PLE, algo que les servirá para toda su vida. Con ello estamos implicando en el aula un nuevo concepto pedagógico: la pedagogía basada en PLE.

Sin duda la metodología de aprendizaje basada en PLE da para mucho. Próximamente lo trataré y escribiré sobre ello. Por cierto, la pedagogía basada en PLE se puede empezar a usar en los primeros cursos de Primaria sin problema alguno.

Ojalá ningún estudiante tenga deberes durante estas fechas festivas y puedan dedicarse a disfrutar de la Navidad, a ser niños, a jugar y, a lo más importante: descubrir.

 

3 thoughts on “Acabemos con los deberes

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *