La motivación en el aula

La motivación en el aula

Al introducir la palabra motivación en la ecuación “profesor – alumno – aprendizaje – notas – padres” suceden cosas maravillosas.

Desde hace unos 18 años, tiempo aproximado que llevo desempeñando tareas relacionadas con la enseñanza y el aprendizaje en diferentes contextos, he tenido la oportunidad de escuchar una palabra destacar sobre otras en lo referente a la frecuencia con la que he la he podido oír, leer y usar. Pero no queda sólo en una mera cuestión cuantitativa el empleo de esta palabra sino que trasciende también a una cuestión semántica. He escuchado hacer uso de esta palabra como pretexto, como justificación, como criterio de buenas y malas calificaciones, como termómetro de profesionalidad del profesor, como requisito de aprendizaje y como brújula de la planificación docente y, sin duda, empleada como explicación a gran variedad de los fenómenos educativos que han girado en torno a mi aula y a muchas otras aulas fueran o no escolares. Es una palabra que al buscarla en Internet, Google muestra 75 millones de resultados. En Youtube, esta palabra da como resultado 750.000 videos relacionados. Al buscar libros en los que el título contenga esta palabra a través del buscador de libros de Google, éste nos muestra nada y más y nada menos que 634.000 libros. Si buscamos en el buscador de artículos científicos de Google (Google Académico), esta palabra presenta 339.000 artículos que la tratan como objeto de estudio. Y es que, se trata de una palabra que se adapta bien a todos los contextos en los que se puede emplear, y creo que no hay contexto en que dicha palabra sobre; desde el contexto deportivo hasta el académico, pasando por el político, empresarial, psicológico, sanitario, artístico, etc. Es sin duda una palabra, permítanme la expresión, comodín. Es una de las pocas palabras que tanto estudiantes como padres y profesores emplean con total autoridad y sintiéndose plenamente autorizados a su uso para explicar todo aquello que se esconde tras la misma. Sin más les presento la palabra: Motivación. Etimológicamente, proviene del vocablo latino “movere” que significa movimiento. Es una palabra que todos conocemos bien. No obstante, la historia cambia bastante cuando esta palabra deja de ser tal y termina por convertirse en un concepto. Y una vez conceptualizada no cesa con ello su proceso, digamos, de metamorfosis, sino que vuelve a realizar nuevas adaptaciones una vez que hacemos uso de ella en el contexto educativo, en el contexto escolar.

Me alegra comunicar que mi interés, asombro y preocupación, no ya por la palabra en sí, sino por todo aquello que implica el concepto una vez se reduce al recinto escolar, no es novedoso ni original. Tras realizar un detenido análisis bibliográfico puede observarse que la motivación se ha estudiado desde la perspectiva conductual y cognitiva, también se ha asociado a las teorías sobre la volición y la voluntad, al igual que a los instintos. Freud también teorizó acerca de la misma. Se pueden leer también teorías del condicionamiento relacionadas muy directamente con la motivación, al igual que teorías del Drive o impulso. Desde el conductismo mediacional también se han realizado importantes aportes, al igual que la cuasi biologicista teoría del arousal que explica mecanismos de activación. Teorías humanistas, teorías de la autonomía funcional de los motivos, teorías de la consistencia cognitiva, modelos mecanicistas, organísmicos, contextuales… Todos ellos, nos conducen a pensar en la motivación como proceso, ya que se genera y posteriormente se mantiene y discurre siempre enfocado hacia un logro o una consecución. El aprendizaje en sí es un logro y una consecución, por tanto, es una entidad posible mediante el elemento motivacional, el cual estará potenciado por creencias personales, intereses, y formas de dar un sentido a la realidad, es decir, la conceptualización del concepto motivación escolar se esconde bajo la conceptualización individual de la interpretación del mundo que rodea al individuo, al estudiante en nuestro caso, y por tanto, la motivación no es algo único, sino que debemos comprender que es algo dinámico (pues los individuos cambian y con ellos la interpretación que de su entorno realizan), y además, para cada individuo, estudiante en nuestro caso, deberemos conceptualizar la motivación como algo único. Entramos en el campo en el que la homogeneidad del estudiante combate frente a la heterogeneidad del mismo.

En el mundo del aula, se desarrollan una grandísima cantidad de procesos. Son altamente interesantes los estudios sobre la observación y estudios de casos en la investigación educativa. Uno de los temas que interesa a docentes, estudiantes y padres es el del aprendizaje. No obstante se genera un interesante dilema.

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En la imagen 1, se observa un proceso interesante que tiene como centro al aprendizaje. En él se exponen las relaciones que con el mismo se establecen. Si estudiamos dichos procesos, encontramos dos términos a estudiar. Una palabra eje: aprendizaje, y una palabra que en dos casos se emplea como puente y en uno como traducción: notas.

El estudiante, aprende, pero no sólo aprende contenido sino que aprende que lo que importa a los padres y a los profesores es que obtenga buenas notas, y así, su meta son las notas, sin centrarse demasiado en el aprendizaje, ni tan siquiera en hacer una relación directa con el mismo. Así, es frecuente que el estudiante relacione directamente con el aprobado o el suspenso el haber estudiado, la suerte o la dificultad de la prueba empleada para la evaluación.

Para una gran mayoría de padres lo importante son las notas, ya que éstas son un indicador cuantitativo del aprendizaje de sus hijos que guarda una relación directa con su aprendizaje, siendo cierta la relación: a mayor nota, mayor es el aprendizaje. Quizá en este caso, lo tangible sea la nota, lo directamente observable y lo que puede medirse, compararse y contrastarse.

El profesor, sin embargo, debería estar interesado exclusivamente en el aprendizaje de sus alumnos. Las notas, no deberían ser más que un mero trámite numérico. Pero realmente, la práctica docente, debe ir enfocada siempre, sin duda alguna, a la consecución de unos aprendizajes y la adquisición de unas destrezas y competencias, a la vez que a la necesidad de que el alumno observe, comprenda, adquiera y asimile y, finalmente ponga en práctica, determinadas actitudes.

Podríamos decir que lo presentado hasta el momento es el proceso normal que se rige en los diferentes miembros de cualquier comunidad educativa. No obstante, ¿qué sucede al introducir la palabra motivación en la ecuación? El proceso cambia sustancialmente. Como he tratado anteriormente, la motivación es un fenómeno amplísimo imposible de abarcar en un artículo breve como el presente, no obstante, veamos que sucede si introducimos una pequeña parte del enorme mundo de la motivación. Si introducimos el concepto de expectativas de aprendizaje basadas en el interés del alumnado, se alteran de forma visible los procesos. La imagen dos da cuenta de ello.

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El profesor, que conoce a su alumnado, realiza un proceso de análisis docente de sus intereses con el fin de generar, partiendo de éstos, determinadas expectativas de aprendizaje mediante el empleo de una metodología docente adecuada y adaptada al grupo en cuestión. De tal forma, el profesor se convierte en un facilitador de aprendizaje. Cuando dichas expectativas se llevan a cabo y se convierten en una realidad, el alumno da cuenta de sus destrezas, competencias y actitudes adquiridas en dicho proceso, constituyendo este tridente un sólido bloque de nuevos conocimientos adquiridos que serán observado por los padres cuando el estudiante se encuentre en una situación de conocimiento (entendiendo a ésta como aquella en la que el alumno puede mostrar de forma empírica su adquisición, reforzando el mismo y retroalimentando lo tratado en el aula) observando así un indicador tangible de aprendizaje diferente al anterior tangible denominado notas, las cuales no hacen más que convertirse en un mero resultado que expresa en términos numéricos el proceso de evaluación de la adquisición de conocimiento. Por tanto, la nota en este momento ha pasado de ser una articulación de los brazos que anteriormente se unían al cuerpo “nota” para ser un mero objeto accesorio por el cual nadie muestra un interés directo, ya que el interés real del alumno será el aprendizaje, al igual que el del maestro, mientras que el de los padres será observar la adquisición de conocimientos de su hijo. Desde el punto de vista pedagógico, reviste gran importancia el poder incluir este concepto “interés” en nuestra educación de aula.

¿A quién le gustaba la sintaxis cuando tenía 9 años? ¿Quién estaba interesadísimo en los ejercicios de matemáticas de sumas, restas, multiplicaciones y divisiones que nuestros profesores nos ponían con 10 años?  Creo que a día de hoy, en la época en que vivimos, el interés en estas tareas aun es menor, no obstante, si aplicamos dichas tareas como necesarias para llevar a cabo una actividad determinada, podrán los estudiantes aprender de forma instrumental aquellos aspectos de sintaxis, de matemáticas, de gramática que tanto deseamos que manejen con soltura. En mis clases, trato de introducir esta ecuación. ¿Cómo? He trabajado la sintaxis mediante trabajos realizados sobre castillos del mundo donde el alumno debía ordenar verbos, nombres, sujetos y predicados para poder pasar a la siguiente parte del trabajo. Mediante actividades con dinosaurios hemos trabajado el tiempo de los verbos y el género y número de nombres y adjetivos.  Mediante el visionado de películas, hemos trabajado la descripción, el uso de metáforas, palabras compuestas… Los alumnos muchas veces ni se dan cuenta de que se encuentran en una situación de aprendizaje, ni mucho menos en una situación de evaluación. ¿Qué niño de 4º de Primaria pensaría que se le está evaluando cuando se le dice: “escribe cómo es el protagonista de la película según la vamos viendo”? O cuando la actividad va encaminada a describir cómo es el lugar en que se desarrolla una escena de la misma, o a que en grupos hagan un dibujo de un pueblo imaginario y que luego describan cómo es el pueblo al que le han puesto nombre. La evaluación de ese trabajo consistía en que los alumnos de otras líneas, leyendo la descripción pudieran localizar sin dificultad alguna el dibujo realizado de entre todos los del curso. Llevo varios años, curso tras curso, tratando de realizar este análisis de los intereses del alumnado y tratando de llevarlo a la práctica y me sigue sorprendiendo que nunca una evaluación de este estilo parece un “examen” a ningún estudiante, ni se enfadan por evaluarles “sin avisar” o por hacer un “examen sorpresa” ya que ellos están llevando a cabo una actividad dirigida en la que se muestran interesados y en la constantemente muestran sus progresos, sus puntos fuertes y sus puntos débiles.

Sin duda la motivación es un tema que da para mucho más que estas líneas pero de momento, creo que comprender el uso de la palabra y tratar de aplicarla al aula y lograr con ello estudiar los intereses de los alumnos y programar nuestra acción docente al respecto, es una tarea que puede generar un impacto “importante”.

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