Notas y evaluación

LAS NOTAS Y LA EVALUACIÓN
@webjjmiles

 

NOTAS Y EVALUACIÓN

Ya estamos al final de curso y dentro de poco llegarán “las notas” a casa. Temidas por unos, esperadas por otros y, en algunos casos observadas con cierta indiferencia por algún alumno, supone un momento importante para el estudiante y para los padres. Antes de comenzar a tratar el tema lanzo unas cuestiones que considero muy interesantes para plantearse, al menos, durante unos minutos.

Cuestión 1: ¿Quién es el receptor de las notas?

Esta pregunta persigue una intención muy clara: entender cuál es el significado de las mismas. Si se considera como receptor al estudiante, debería ser un documento que plasma el aprovechamiento que ha realizado del curso. Por lo general si son buenas o bien se indica “lo listo que es mi niño” o bien se entienden como algo normal pues “es su deber”. Si son malas habrá consecuencias: castigos, tardes interminables de estudio mientras los amigos están en la piscina, profesores particulares, etc. ¿Esto mide el aprovechamiento del curso? ¡Son consecuencias razonables? Si los receptores de las notas son los padres, entonces, estamos recibiendo un certificado de calidad: mi hijo es un 8 en Matemáticas o un 4 en Música. Simplemente es un reporte que se centra en un número. Por tanto sólo tienen un control parental, sirven para ver qué actitud mantenemos con nuestro hijo durante las vacaciones y si se merece lo que quiere o queremos darle. En este caso, los padres se ven juzgados y sus consecuencias en muchos casos son negativas para su hijo, ya que las consecuencias lo son por haberles dejado “en mal lugar” y no por obtener un rendimiento determinado. En algunas ocasiones las notas tienen a un receptor muy peculiar: el mismo profesor. En este caso el profesor se erige protagonista (como en muchas ocasiones) y le sirve a él para felicitarse por lo duro que es (“sólo ha aprobado el 25% de mis alumnos), para justificar su trabajo (“mira si he trabajado que al final ha aprobado toda la clase”) o para empoderarse en algún caso tratado durante el curso (“ya decía yo que este alumno, que ha suspendido cinco, tenía problemas y sus padres sin hacerme caso. Pues ahí está el resultado.)

Cuestión 2: ¿Qué miden las notas?

Esta conversación me encanta. Pregunto con frecuencia a padres, profesores y alumnos. Lo habitual es que la respuesta sea: el aprendizaje. No puedo contener mi sonrisa que se debate entre la ironía y el “ya sabía que me ibas a decir eso”. No es una actitud desafiante no, pero es que, seamos francos, las notas pueden medir muchas cosas, pero el aprendizaje seguro que no. Pueden medir lo bien que hace exámenes, lo correcto que es en la entrega de tareas en su plazo, la buena letra que tiene, lo bien que presenta su cuaderno, lo cumplidor que es con los deberes y, como mucho, aceptaría decir que mide algo de su memoria, que es lo que suele medirse en los exámenes. ¿Aprendizaje? No. Si su hijo llega a casa con un 10 en matemáticas, pídale que realice alguno de los ejercicios de principio de curso, o que resuelva algún problema cotidiano que no haya trabajado en el Colegio pero para el que tenga las suficientes herramientas matemáticas. Si el 10 es en Lengua, pregúntele por los determinantes, por los adverbios, por los elementos de la comunicación… ¿Se acordará? Yo que veo año tras año pasar a estudiantes de un curso a otro y como, gracias a los tremendos planes de estudio que tenemos hoy en día, los contenidos se repiten una y otra vez hasta la saciedad, veo que no recuerdan nada o casi nada de un montón de cosas que ya sabían el año pasado y sus notas, “así lo reflejan”.

CUANDO TODO SE RESUME A UN NÚMERO

Cuando cualquier cosa se lleva a un extremo final que, como es este caso, resulta reduccionista y poco calirificador, las cosas salen mal. Como profesor me planteo en muchas ocasiones “¿y no sería mejor hablar con el alumno y decirle las cosas que hace bien y aquellas en las que tiene que mejorar y explicarle cómo lograrlo?”. Muchas veces la respuesta es: “eso son las notas”, pero yo no estoy de acuerdo en absoluto. Cuando todo se reduce a un número, igualamos y reducimos en un único valor el compromiso del alumno, su esfuerzo, su capacidad para la materia, su actitud, su conocimiento, su razonamiento, la forma de trabajar individualmente, en grupos, la forma de colaborar con compañeros, el modo en que busca información, su competencia digital, la forma de presentar actividades en clase, los modos que emplea para resolver problemas y dificultades, la forma en la que se expresa… y además otros factores que como docentes muchas veces pasamos por alto y que inciden en exámenes, evaluaciones, controles o como queramos llamarlo. Me refiero a los miedos que presenta, su ansiedad ante los exámenes, sus problemas con los amigos, sus relaciones familiares, su personalidad, su asertividad, la introversión que pueda presentar, el miedo a preguntar, las dificultades para realizar deberes o para que sus padres firmen un examen… ¿Todo eso se merece un número? Ah, claro, que no tenemos todo eso en cuenta al evaluar, ¿no?, que sólo nos centramos en el resultado del examen, los deberes y poco más.

Creo que como docentes tenemos una grandísima responsabilidad. ¿Sabemos cómo van a recibir los padres esa calificación? Creo que muchas veces no llegamos a valorar ese aspecto. ¿Nos hemos planteado explicar qué son las notas, qué miden y cómo deben observarse en una reunión de padres? Realmente este tema tiene una gran transcendencia. Como he anotado anteriormente, muchos padres miden la valía de su hijo a partir de ese valor numérico reduccionista, y no es justo. ¿Es justo que se valore a todos por igual, que el examen o modo de recogida de información sea el mismo para todos? Quizá la evaluación deba comprender aspectos como la superación, el logro de metas, el hacer mejor las cosas al fin de curso que al principio, la progresión en fin del estudiante y, tristemente, veo que no es así. Muchos profes sí lo hacen, pero en muchas ocasiones no. En muchas vemos al maestro con la calculadora, con promedios ponderados que generan una calificación con dos decimales… ¿realmente es necesario darle tanto peso al número? No. Debemos dar más peso a la persona, a la madurez, al compromiso con la tarea, al interés, etc.

Y DESPUÉS DE LAS NOTAS ¿QUÉ HACEMOS?

O mejor dicho, ¿qué hacen ellos? Aquí tenemos varios grupos:

  • Los suspensos: en manos de un calificador en vez de profesor, este pobre alumno se pasará el verano haciendo aquello que no sabe hacer (con lo frustrante que ésto puede llegar a ser, y no digamos a nivel motivacional la mina en que se convierte). Si ha suspendido Matemáticas le espera un curso lleno de operaciones, de problemas y de estudio de cosas que no ha sido capaz de superar en 9 meses, por lo que… ¿ por qué pensamos que en dos va a lograr sus competencias?. Si se trata de un suspenso en Lengua, le espera sintaxis, gramática, ortografía… Sumemos al valor del tiempo el valor de la calidad: ¿tiene un profesor? ¿sólo tiene un cuaderno lleno de operaciones? Y por qué no, tratemos también la en muchas ocasiones mirada inquisodora de la madre o del padre, reforzada por esas frases tipo “hasta que no termines no mueves de la silla”, o “si hubieras aprovechado el curso estarías jugando como tus amigos”… A los que son un poco mayores les sonarán más las frases tipo “este verano no vas a ver el sol” “este año no tiene verano para ti”, y otras más del estilo. A mí, desde luego, me parece un sinsentido.
  • Los aprobados: Aquí encontramos una importante variablidad. Desde el aprobado que se entierra en cuadernos de refuerzo, de repaso, de preparación del próximo, hasta el que no toca un libro en todo el verano. También tenemos un término medio que es aquel que realiza alguna lectura, que hace alguna actividad, que se entretiene haciendo juegos de aprendizaje… Y los hay que hacen como si hubieran suspendido porque para los padres no ha sido suficiente y además, hay que mantener el nivel para el próximo curso. He visto incluso niños que aseguran haber realizado ya todas las actividades del libro del curso durante el verano porque “mis padres quieren que ya me sepa todo antes de empezar el curso para sacar mejores notas que los demás”. ¿En qué estamos convirtiendo a nuestros hijos?

¿Y QUÉ ES LO QUE PODRÍAMOS HACER DE FORMA BENEFICIOSA PARA ELLOS?

La verdad que no tiene mucho misterio, motivo por el que me sorprende escuchar las vacaciones de algunos estudiantes que conozco… Vamos a elaborar un pequeño proceso para que aprovechemos unas buenas vacaciones.

NIÑO CON SUSPENSOS

Reservemos 20 minutos de un día para hablar con él tranquilamente. Intentemos dar respuesta a algunos interrogantes que nos servirán para conocer los motivos por los que hemos llegado a esta situación:

  • ¿Por qué crees que has recibido un boletín de notas con esas calificaciones?: Importantísimo cambiar la concepción “has sacado notas” por la de “has recibido”. Incluso retiraría el “te han puesto”. ¿Por qué? Vamos a verlo.
    • “Has sacado”: Implica un “tú” una acción, una intención y una conciencia de facto. Él es esas notas según esta afirmación. Con esta afirmación, generamos una cierta sensación de imposibilidad de cambio.
    • “Te han puesto”: Genera totalmente lo que llamamos locus de control externo, es decir, le damos la idea de que lo que sucede es efecto de acciones de terceras personas y que él poco tiene que ver, por tanto, si le colocamos en esta dinámica, acabará con un razonamiento del tipo “da igual lo que haga, depende de otros (el profesor generalmente). Estos niños suelen hablar después de la suerte como factor esencial de sus resultados, de la manía, de la mala intención de los profesores, etc. ¿Queremos eso?
  • ¿Cómo crees que podríamos hacer para que lograr unos resultados mejores?: Estamos abriendo la puerta a sus necesidades académicas, a sus miedos, a sus problemas con el estudio. Aquí conviene ver cómo estudia y qué puntos fuertes y débiles encontramos. Ofrecerle herramientas del estilo de un cuaderno de dudas, organización del día que persiga una sistematización, método de estudio (no técnicas de estudio, que también), herramientas para la planificación, etc.
  • ¿Cómo te sientes con estos resultados?: ¿Se lo hemos preguntado alguna vez? Estoy convencido que lo pasa mal, que no disfruta con ello y que necesita salir de esta dinámica. Y aviso a navegantes, el niño que acostumbra a fracasar y se siente mal por ello (todos lo hacen al inicio de su fracaso) comenzará tarde o temprano a experimentar una dinámica que denominamos pesimismo defensivo, es decir, el objetivo se centra en el suspenso, por lo que todo lo que hago me dirige al suspenso (no estudio, no presto atención en clase, me porto mal, no hago los deberes…). Una vez logrado el suspenso habrá obtenido éxito. Ha sido lo pretendido. Por disparatado que parezca, muchos escolares sólo pueden encontrar éxito en el suspenso, y no, no digamos que es el camino más fácil. Regañinas en clase, estar marcado entre los profesores, que nadie tenga expectativas en él, ver que los demás no quieren trabajar en grupo con él porque va a dinamitar el trabajo… eso no es fácil. Para nada. Es muchísimo más sencillo estudiar y cumplir, pero claro… ¿le hemos dado herramientas para ello?
  • Expectativas sobre el verano y su resultado: se trata de explicar qué queremos. Conocemos la dificultad de adquirir en verano todo lo no logrado en un curso, por tanto, vamos a crear un método de trabajo, una costumbre, un hábito. Vamos a aprovechar para trabajar estrategias. Elaborar un proceso de trabajo a nivel emocional y motivacional. Y si obtenemos además un aprendizaje conceptual, mejor que mejor, pero creo que éste no debería ser el fin si no, en este caso, el medio.

Información del entorno: Es esencial que sepamos de mano del profesor o del tutor los motivos que han llevado a esta situación a nuestro hijo. Falta de cumplimiento, problemas de conducta, deberes no realizados, etc. Gracias a esa información conseguiremos un sustrato de trabajo para los meses de verano. Objetivo: dotar de herramientas durante los meses estivales para evitar esas situaciones. Pero si el profesor nos comenta que “no comprende los conceptos”, que falla en “tonterías”… quizá podríamos aprovechar para trabajar la base, repasar conceptos previos al curso y preparar los conceptos básicos del próximo. Lo he escrito en varias ocasiones: si hay problemas con algo, repetir ese algo hasta la infinidad no sirve, debemos ir al “antes” de ese algo y trabajarlo bien.

No hagamos “deberes”: Ya he dado mi opinión en diferentes ocasiones sobre los deberes. ¿Deberes de verano? Sin duda: no. Trabajemos desde lo lúdico, desde lo útil. Nada de tirarnos toda la mañana haciendo operaciones o escribiendo, no. Eso no servirá. Mirad estas actividades para trabajar los problemas de cálculo por ejemplo o leed estas entradas sobre la escritura, dos partes, la primera y la segunda

Regla de oro: no puede pasar el verano sin tener vacaciones al 100%. Sin desconectar del todo. Programad algunos días (como mínimo una semana) para no hacer nada más que lo que os apetezca. Es fundamental descansar y dedicar tiempo a algo importantísimo: la familia. Ya he comentado en otras ocasiones que la familia es el motor social y el modelo conductual del niño quizá dedicar tiempo a cuidar vuestra familia sea algo de gran valor de cara al próximo curso académico. 

NIÑO SIN SUSPENSOS

¿Qué hacemos? Pues hay opiniones de todo tipo y con una gran policromía de opciones.

  • No hacer nada: se merece descansar dos meses o algo más enteros porque ha realizado un curso brillante. Pues es verdad. Pero descansar y cultivar nuestra mente no es algo incompatible. Museos, excursiones a lugares con historia, lecturas interesantes, juegos de investigación en Internet, prácticas manipulativas sobre cualquier cuestión que suponga un reto para el niño. No hay excusas a día de hoy para no estimular a nuestros hijos.
  • Que haga lo que quiera: esta opción puede ser muy parecida a la alternativa que proponía anteriormente, pero también puede ser una invitación a que en algún momento descubra que existen cosas con reforzadores mucho más inmediatos que el estudio. Tengamos cuidado. Que haga lo que quiera está bien, pero que ese lo que quiera sea de un abanico de opciones que le propongamos: “¿Qué te apetece más: ir al museo arqueológico, hacer un reto para el que tendrás que leer unos libros y usar Internet para encontrar respuestas sobre una pregunta relacionada con los planetas, o que nos vayamos a dar una vuelta por el centro de la ciudad y descubramos quiénes son las personas que dan nombre a esas calles?
  • Por supuesto, ha de descansar: obviamente no podemos todos los días estar con actividad intensa, hay que descansar. Tenemos que encontrar tiempo para ir a la playa, a la piscina, a jugar con amigos y hermanos, primos, ir a dar una vuelta sin más finalidad que disfrutar, etc. Este punto no se nos puede olvidar.

Hagamos lo que hagamos, finalmente pensemos que nuestro hijo ha de beneficiarse y obtener aprendizaje, pero del de verdad, no de ese memorístico que se olvidará en unos días. Vamos a hacer que aprenda, que supera dificultades, que se motive… tratemos su miedo a los exámenes, su tolerancia a la frustración, su miedo al fracaso, su regulación emocional, su locus de control, sus expectativas (y las nuestras), su forma de redactar, su competencia digital… y todo ello sin tener que lapidar a los pobres bajo un saco de libros de actividades de verano.

 

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