Los exámenes… ¡Qué barbaridad!

Los exámenes: ¡Qué barbaridad!
Juan José Millán
@webjjmiles

¿Sirven para algo los exámenes? ¿Son necesarios? ¿No podríamos hacer otra cosa para evaluar a los alumnos? ¿Las notas son válidas? ¿Sirven para algo?

No hace mucho publiqué una entrada en este mismo blog en la que hablaba acerca de los deberes escolares y de la barbaridad que ellos suponían para los escolares. En dicha entrada anticipaba un escrito de similares características acerca de los exámenes, porque… ¡menuda barbaridad!

Yo no pongo deberes y, como otros colegas que conozco que tampoco los ponen, me considero una especie de monstruo verde, tal y como comentaba al hablar sobre los deberes. Exámenes sí que hago. Me considero menos monstruo verde en este caso, pero me siento mal al hacerlos ya que no creo en absoluto en ellos.

Planteémonos la cuestión: ¿para qué sirven los exámenes? A lo largo de estos años he escuchado muchas supuestas utilidades de ésta herramienta, que a mí modo de entender, se asemeja más a los elementos de tortura medievales que a la maravillosa era que vivimos. Sin duda alguna no son de esta época.

Voy a intentar desmentir algunas de las frases que se me han ofrecido como justificación a los exámenes:

Los exámenes sirven para que el alumno aprenda: Mentira. Los exámenes sirven únicamente en este sentido para que el estudiante pierda horas memorizando conceptos o asumiendo procedimientos de resolución de problemas que, seamos francos, comenzará a olvidar desde el mismo momento en el que salga por la puerta del aula de examen. ¿A alguno nos ha servido eso para recordar ahora cosas de forma útil? De las cosas que puedo recordar tras haber estudiado de memoria durante muchos años salen a relucir las preposiciones (“a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde…”) Me alegré mucho de recordarlas perfectamente cuando tuve que trabajar con ellas el primer día en el aula, desde el rol de profesor. Algo no funcionaba. Estaban pasando cosas raras: ¡las habían cambiado! ¿Cómo puede ser que de pronto cambien las preposiciones? Cuestiones académicas al margen, me enfrentaba a una tarea compleja, ya no sólo había invertido horas en aprenderme una lista de palabras sin sentido alguno para mí. Hasta mucho después ni tan siquiera sabía qué era una preposición o para qué se empleaba. Ahora que eran diferentes, tenía que “desaprender” esa lista y modificarla. Tarea más compleja aún si cabe. La memoria ahí está. Algunos podemos tener una memoria más entrenada o más desarrollada, mayor capacidad memorística. Si en los exámenes hago preguntas para que los estudiantes demuestren lo que han aprendido de memoria, ¿estoy valorando mi materia? No. Estoy valorando su capacidad para memorizar, pero daría igual que fueran ciencias, letras, sociales…. Por tanto los exámenes no sirven para que el alumno aprenda, tan solo para obligarles a memorizar conceptos.

Los exámenes sirven para que el profesor evalúe a los alumnos. Mentira. Pobre del profesor que necesite hacer exámenes para poder evaluar a sus alumnos. Creo que no se ha enterado aun de qué va su profesión, y mucho peor: demuestra un impresionante desconocimiento de lo que es la educación. No es mi objetivo en este artículo tratar sobre los diferentes modos que existen para evaluar a los alumnos. Tampoco lo es tratar en profundidad qué es la evaluación. Yo propondría a los profesores que así piensan (que los exámenes son necesarios para que el profesor pueda evaluar a los alumnos) un sencillo juego consistente en lo siguiente: pruebe a pensar y a escribir al lado del nombre de cada uno de sus alumnos la nota que creen que van a obtener sus alumnos antes de que realicen el examen. Hágalo en un rato que tenga libre o mientras ellos hacen el examen. Luego compare los resultados. ¿Son iguales o casi parecidos? Enhorabuena, está usted totalmente conectado con lo que es la educación y conoce bien a sus alumnos. No necesita hacer exámenes para evaluar a sus estudiantes. ¿Son totalmente diferentes? Trate de conocer cómo son sus alumnos como estudiantes, sus puntos débiles y sus puntos fuertes. Siga realizando este juego hasta que alcance notas parejas entre su percepción y el rendimiento de los alumnos. Con esto realmente lo que está haciendo es conocer a sus estudiantes como tal. Juegue también a pedir a sus estudiantes que escriban la nota que creen que van a obtener antes de hacer el examen. Justo antes. Disponga un espacio en el propio examen para ello, y otro al lado para que coloquen la nota que creen que han obtenido tras la realización del examen. Coloque al lado la nota real que han obtenido. Con ello ya no sólo hacemos la evaluación y conocemos a los alumnos, sino que permitimos que ellos se conozcan a sí mismos como estudiantes: autorregulación, metaaprendizaje… aspectos de los que próximamente hablaré también. Por tanto, no pensemos que el examen es la única forma de evaluar. Personalmente creo que es la peor, la menos efectiva y la que menos información nos ofrece.

Los exámenes son necesarios porque en su vida Universitaria tendrán exámenes. Mentira. Los exámenes cada vez tienen menos importancia en las Universidades pero, aunque siguieran teniendo el mismo, o en aquellas que tienen el mismo… ¿Están en lo cierto? ¿Tienen la certeza del conocimiento absoluto? Sin duda no. Voy a poner un ejemplo extremo pero, creo, válido. ¿Enseñan a alguien a ser padre? ¿Verdad que no? Y muchos de los alumnos que a día de hoy se sientan en nuestras aulas terminarán siendo afortunados padres y madres. ¿Verdad que no les hacemos cuidar a niños en el Colegio porque les tocará ser padres o madres? Pero sí lo hacemos con los exámenes. Para mí, otro razonamiento completamente absurdo.

Podríamos seguir con más razonamientos, pero no invertiré más tiempo en ello ya que tengo muchas ganas de tratar algo que me resulta esencial: cómo destrozan la vida académica de nuestros estudiantes los exámenes.

Además de la obligación de invertir muchas horas en estudiar (memorizar) y posteriormente vomitar letras, conceptos, que para ellos no tienen sentido alguno, los exámenes terminan por convertirse en la herramienta de medición del conocimiento de nuestros estudiantes. En fin. Existen miles de cosas horribles que pasan a nuestros estudiantes: crean un autoconcepto terrible, minan su motivación, les hacen creer que ellos valen la nota que obtienen. Tristísimo. Cuando un estudiante llega a la conclusión de que el vale un 4 o un 8 porque suele ser la nota que obtiene, es el momento en el que podemos felicitar al profesor indicándole lo bien que ha destrozado a ese niño. Sufren, lo pasan realmente mal, se ponen nerviosos. He visto a niños con ansiedad enfocada a exámenes. Niños realmente brillantes con trastornos del sueño, con disminución del apetito, con indicadores depresivos. Lo peor de todo: son magníficos estudiantes que siguen obteniendo magníficas calificaciones y que sufren esa agonía de enfrentarse a la prueba de evaluación.

En muchas ocasiones los exámenes se convierten en una moneda de cambio para los padres: si sacas buenas notas tendrás un regalo. En el peor de los casos los exámenes son el verdugo o el carcelero de los estudiantes: no puedes salir con tus amigos porque has sacado malas notas (y ojo, que no siempre malas notas implica suspensos, simplemente muchas veces malas notas significa notas peores que el vecino, que tu primo, que el hermano….) Ya salen del terreno académico las connotaciones negativas de los exámenes. Suponen una forma de medir a los hijos y de chantajearles cruelmente con cosas a cambio de resultados. Cosas tan crueles como: si sacas buenas notas nos vamos una tarde al cine. ¡¡Por dios, que quiten la custodia a esos padres!! La misión de los padres es pasar tiempo con los hijos, no podemos usar el tiempo como moneda de cambio. No sirven las líneas que tratan de defender que la nota es la zanahoria que ha de guiar a los niños, no. No puede ser.

Pasemos al terreno de la calificación: ¿para qué sirven las notas? Para nada. Lo que realmente sería válido es que el alumno comprobara su conocimiento y lo demostrara ante el grupo o ante quien fuera necesario en base a la materia aprendida, pero no. Además de exámenes, tenemos que poner notas. Las notas únicamente sirven para clasificar a los estudiantes, como la selectividad. Otra barbaridad de los tiempos modernos. Qué gran error pensar que uno puede ser buen Médico por tener una buena nota en su Bachillerato y PAU, o que será mal Médico por una nota algo inferior. Realmente les estamos transmitiendo mensajes como el que sigue: “tu nota de acceso a la Universidad es un 6. Es mediocre. Así que tendrás que estudiar… periodismo”. Es decir, los periodistas son estudiantes mediocres.“Tienes un 5… la peor nota para acceder a la Universidad: estudiarás Derecho”. Es decir, los abogados son la calaña académica de entre los estudiantes… el más bajo estamento de la clase académica. Barbaridades una detrás de otra. Pero es que no sólo nos quedamos aquí. Un tal Antibí, en 2005, escribió una obra interesantísima: “La constante macabra”. Por ella, cada profesor tendía a realizar una normalización estadística en los resultados de sus estudiantes ajustándose a la distribución normal (campana de Gaus). De tal suerte, si un año un profesor tiene a los mejores estudiantes del mundo, dará igual: algunos de ellos están condenados a suspender. Si todos aprueban, malo. El profesor es un blando, hay que suspender. Efectivamente: una barbaridad. Si un curso los estudiantes son malísimos, también da igual, algunos serán los afortunados en aprobar. Y sin duda alguna, algunos tendrán 10 (pocos) otros tantos estarán entre el 7 y el 9 (no muchos) entre el 5 y el 6 habrá una gran cantidad y suspensos habrá otros tantos. Tampoco muchos porque entonces… entonces el profesor tendrá problemas con padres, con jefes…. Y claro, los profesores no queremos problemas que ya tenemos suficiente con aguantar a los niños en clase todos los días (entiéndase la ironía). Por tanto, en base a las creencias pedagógicas que presentemos, adoptaremos un patrón de calificación que repetiremos curso tras curso.

Lamentablemente, muchos Colegios nos exigen la realización de exámenes y, mucho más lamentable aún, la figura del profesor ha perdido tanta credibilidad (esos personajes que viven bien y tienen muchas vacaciones…) que nos vemos obligados a tener una valoración objetiva de los estudiantes y sí, los exámenes sí nos ofrecen una nota. ¡Qué equivocada está la sociedad con los profesores! Pero mientras esto siga así, yo seguiré sintiéndome un monstruo algo menos verde que el de los deberes, pues en muchos casos, nos vemos obligados a estas pruebas objetivas para poder dar una justificación a una calificación. Aquí el problema no es nuestro, aquí el problema viene desde casa y desde la incomprensible pero cada vez más frecuente absurda manía de que los padres comparen a los hijos con otros y de hacer que sus hijos sean los mejores, despertando entre ellos una rivalidad absurda por tener la mejor nota, y pudiendo presenciar en clase comparaciones de exámenes de niños de  9 años que de pronto acuden a la mesa del profesor diciendo: “yo tengo medio punto menos que él en esta pregunta y la respuesta es casi igual”

¿Os ha servido a alguno un examen para demostrar todo lo que sabíais en los exámenes que hacíais?¿Nadie ha aprobado un examen sin haberlo estudiado o apenas habiendo dado un vistazo a los apuntes? ¿No has suspendido nunca un exámen de una materia que dominabas perfectamente? Personalmente como estudiante (y llevo más de la mitad de mi vida siendo estudiante universitario en diferentes áreas) un examen nuna me ha servido para demostrar mis conocimientos o para que mis profesores se dieran cuenta de mis desconocimientos, ni tampoco me ha servido como profesor para saber qué sabe o no mi alumnado. Y como todo en Educación parte de la metodología de aula, nos vemos completamente dirigidos a cambiar la metodología para, con ese giro metodológico, cambiar la evaluación.

 

2 thoughts on “Los exámenes… ¡Qué barbaridad!

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