¿Qué hace un gran maestro?

¿QUÉ HACE UN GRAN MAESTRO?
Juan José Millán
@webjjmiles

A razón del fantástico encuentro que están suponiendo las charlas bajo el hashtag #eduhora en Twitter, y en concreto sobre la charla del pasado domingo 24 de abril #eduhora28 en la que se trataban las características que definen a un buen profesor, escribo esta entrada, a partir de las intervenciones que realicé en dicho encuentro, ya que considero que es una buena forma de aunar algunas de las características que considero esenciales en un maestro.

Antes de comenzar a meterme de lleno en el asunto, me realizo una pregunta: ¿puede definirse al buen maestro? A priori resulta una pregunta sencilla de responder, pero tras repasar minuciosamente el objeto de la misma, presenta ciertas complicaciones. Las trato a continuación. ¿Es posible por tanto definir acciones concretas que especifican al buen maestro? No. Es difícil, pues no depende exclusivamente del maestro. Un buen maestro lo es junto con sus alumnos y su equipo docente. No pueden escribirse acciones u omisiones para ser un buen maestro, pero sí pueden anotarse una serie de aspectos, de cosas que un maestro puede tener en cuenta para diseñar su práctica docente o que puede obviar para la misma.

Comenzaría diciendo que algo que necesita un maestro para ejercer con calidad su acción docente, es contextualizar. En educación no siempre uno y uno suman dos. Lo que se hace en un Colegio y funciona puede no funcionar en otro. Es más. Lo que se hace en la línea A de un curso y resulta maravilloso, puede que en la línea B no termine de cuajar y que en la C resulte desastroso. Por este motivo es esencial que el maestro haga un adecuado análisis del grupo o grupos con los que trabaja cada curso y que observe esos pequeños detalles que pueden hacer que la dinámica grupal se vea alterada, por insignificantes que esto sean. Pequeños cambios en la configuración de las relaciones entre los estudiantes, un alumno nuevo que se incorpora a mitad de curso o que deja nuestro Centro, cambios estructurales en el Colegio o en el barrio en el que se encuentra ubicado… incluso programas o concursos de televisión. Existe una grandísima multitud de eventos a priori insignificantes, que pueden condicionar el hacer docente.

Una vez que el maestro tiene en cuenta que contextualizar es parte obligada de su acción, tiene que lograr algo muy importante: ser simpático. Basta ya de ogros en clase que atemorizan a sus alumnos y les amenazan con malas calificaciones, notas a sus padres, recreos de trabajo, etc. Hemos de ser simpáticos. Es una cualidad esencial para que podamos ser buenos profesores. ¡Ojo! Esto no quiere decir que tengamos que hacernos amigos de nuestros alumnos ni generar una relación de iguales con ellos. Tampoco quiere decir que todo valga o que les tengamos que caer bien a todos, no. Simplemente quiere decir que debemos ser simpáticos, sonreír en clase, hacer alguna broma de vez en cuando. Haciendo uso de un buen humor, nos ganaremos a nuestros alumnos para siempre.

Cuando un maestro llega al aula por primera vez, comienza a experimentar diferentes formas de acción. ¿Es esto apropiado? Sí y no. Lógicamente, a ser maestro sólo se aprende siéndolo. Salimos de las Facultades con muchísimos conocimientos y con horas de prácticas en Colegios, pero la fundamentación de nuestra práctica docente sólo se consigue llevándola a cabo. Llega un momento en el que el maestro decide, sin ser muy consciente de ello, centrarse en algo, ejercer su docencia desde un paradigma u otro. Algunos deciden centrarse en la enseñanza. Para ellos lo que prima es cómo enseñar. Otros, por el contrario, se centran en el aprendizaje, siendo prioritario que los alumnos aprendan, casi a cualquier precio. Un enfoque muy diferente es el del maestro que se convierte en un seductor de sus alumnos. Les seduce intelectual, cognitiva y socialmente, logrando ser el centro de toda la acción de aula.  ¿Cuál es el mejor de estos enfoques?  Todos y ninguno. Fundamentar nuestra práctica docente haciendo uso de todos ellos generará buenos resultados. El buen maestro luchará para que sus alumnos aprendan, siendo lo más importante para él, por lo que desarrollara estilos y técnicas de enseñanza depuradas y estudiadas a lo largo de su experiencia, siendo claro ejemplo para sus alumnos, gustándoles y sabiendo que las actividades o acciones que proponga en el aula serán atractivas. Nos encontramos por tanto con un buen maestro que persigue el aprendizaje como meta final, para lo que hace uso de diferentes medios de aprendizaje y que se convierte en un actor secundario al ofrecer actividades gratificantes, estimulantes y que consiguen la meta propuesta: aprender.

“Mis profesores me decían esta frase”, “Mis profesores enseñaban esto así” “En mi Colegio esta acción no estaba permitida”… ¡No! Ya no sirve. El buen maestro tiene que darse cuenta que el tiempo en el que está educando a sus estudiantes no es la época en la que él se formó. Además del cajón de la obsolescencia en el que pueden haber caído un montón de metodologías, ejemplos, prácticas, actividades… hemos de ser cercanos a los estudiantes. No podemos parecer lejanos en el tiempo ni de otra época. Es necesario que vivamos su presente y usemos ese conocimiento del tiempo actual para avanzar hacia la comprensión de los contenidos. Sobra decir la importancia que la adecuación temporal tiene para la asimilación de procedimientos. Ya no suelen ir los alumnos a la Biblioteca del Colegio a consultar la Enciclopedia, apenas usan papel cebolla, las hojas copiadoras (aquellas que tanto nos ensuciaban los dedos) para cogerle apuntes al compañero ya no existen…

“De mis profesores del Colegio he aprendido qué tengo que hacer con mis estudiantes y qué no debo hacer jamás”. Tampoco. Lo que ellos hacían con nosotros habría que planteárselo. ¿Está en consonancia con los tiempos actuales? (fichas de libros en ficheros verdes, llevar a clase recortes de periódicos, pedir que compren un mapamundi, plantillas de geografía física de la Península Ibérica…) ¿Se adecúan al grupo de alumnos? ¿Sirven para algo? ¿Por qué lo voy a hacer? ¿Se me ocurre algo mejor? ¿Puedo mejorar la idea? Y similar sucede con lo que nos encargaban hacer como alumnos y no nos gustaba: ¿me sirvió para aprender? ¿puedo adaptarlo a este grupo? ¿puedo convertirlo en algo divertido?.

Exámenes, exámenes y exámenes. Controles, actividades con nota, tests, ejercicios para subir nota… ¿Un buen maestro necesita de un examen para evaluar a sus alumnos? Yo creo que no. Un buen maestro interactúa constantemente con ellos, sabe lo que saben todos ellos, sus problemas, sus dificultades, sus errores. Cierto es que la nota objetiva muchas veces es exigida y nos sirve en ocasiones ante los padres para justificar una calificación. Pero el buen maestro no debe necesitar una prueba objetiva para conocer el aprendizaje de sus alumnos. Uno de los indicadores que usa para conocer el aprendizaje de sus alumnos es mediante las preguntas. El buen maestro sabe que una buena pregunta implica un buen aprendizaje. Probad lo siguiente: antes de hacer un examen con vuestros alumnos, escribid la nota que pensáis que van a obtener. Quizá os sorprenda lo mucho o poco que los conocéis. ¿Y si les pedís a ellos que la escriban? El buen maestro trabaja la autorregulación de sus alumnos. Debe ayudarles a que sean conscientes de su propio proceso de aprendizaje. Será algo esencial para toda su vida.

El buen maestro tiene excelentes herramientas de control de aula. – “¿A cuántos alumnos has castigado en este curso?” – “A ninguno”. Esto sería una conversación con un gran maestro. No necesita castigar. Sabe manejar perfectamente el refuerzo positivo y es capaz de lograrlo todo con esas excelentes técnicas de control de aula y con la motivación que genera en sus estudiantes con cada tarea (por esto debemos de ser un poco seductores)

Podríamos encontrar otra conversación: – “Este curso me he cargado a 10 niños, ¿a cuántos has suspendido tú?” – A ninguno. –“¿No? ¿Qué raro? ¿Y el curso anterior?. – “A ninguno tampoco. Creo que llevo diez años sin que ningún alumno suspenda” – “Eres un flojo”.

¿En realidad es un flojo el maestro de la conversación? No. Sin duda. No. No hay que suspender a los niños para crearse fama de malo (tenemos que ser simpáticos y crear un ambiente agradable y distendido en el aula). Tampoco necesitamos ganarnos fama de duros entre nuestros compañeros (tenemos que trabajar en un equipo maravilloso con un fin compartido). No es mejor maestro el que suspende a muchos, no. El buen maestro trabaja tan bien los contenidos con sus estudiantes, les enseña a aprender y les ayuda a autorregularse, por tal motivo, lo normal es que los estudiantes obtengan calificaciones extraordinarias (traducción de un aprendizaje espectacular) con un buen maestro. ¿Importan las notas? Yo creo que no mucho, aunque puedan ser un modo de cuantificar el aprendizaje o una forma de premiar a los estudiantes por su trabajo, esfuerzo y por lo que han aprendido, aunque el propio aprendizaje ya es un premio en sí. Por tanto, el buen maestro no se deja influir por la normalización de las notas, no las adapta a una distribución normal en la que tienen que suspender algunos (pocos por lo general) aprobar la mayoría (con notas normales) y pocos o muy pocos obtener buenas calificaciones.  Finalmente los estudiantes, al margen de sus calificaciones, serán unos maravillosos alumnos, lo que es un rasgo distintivo del buen maestro: siempre está rodeado de grandes alumnos. Él se ha encargado de que lo sean.

“Pues veréis, no lo sé”, “Me acabo de equivocar”. ¿Quién se atreve a decir esto en clase? Un buen maestro. Quizá no somos conscientes de la importancia que tiene decir “No lo sé”. Aparte de demostrar que somos humildes y que no poseemos la verdad absoluta sobre todas las cosas (situación que humaniza muchísimo delante de los niños) les estamos dando la certeza de que cuando les digamos algo convencidos estaremos en lo cierto. Decir que no sabemos algo amplía la confianza del estudiante en el maestro. Hay que quitarse el miedo a decirlo. No seremos juzgados, y si lo somos, se nos juzgará positivamente.

Más adelante buscaremos la respuesta a eso que desconocemos, al llegar a casa, pero antes, o después de encontrar la respuesta, es fundamental que seamos capaces de hacer una reflexión sobre lo que ha sucedido en clase, sobre lo que hemos hecho, dicho, encargado… Hay que reflexionar a diario sobre nuestra práctica docente. No hacerla nos encierra en un cajón de inercia y rutina y nos evita crecer como maestros. Es clave, sin duda alguna, para todo aquel que quiera ser un buen maestro.

Al buen maestro no le importa en absoluto, es más, entiende necesario, invertir unos minutos al principio de cada día y tal vez por la tarde, al inicio de las clases tras la comida, a realizar algún tipo de actividad de educación emocional. Sabe que el inicio de todo aprendizaje es la emoción. Conoce la implicación del sistema límbico en el aprendizaje y se preocupa para que las condiciones neurofisiológicas sean las óptimas para que sus alumnos, no sólo aprendan, sino que integren, no olviden nunca y disfruten haciéndolo.  Todo eso lo sabe porque no ha dejado nunca de formarse. Ha ido estudiando año tras año, curso tras curso y conoce todas las novedades en Neuroeducación, Motivación, Educación Emocional, etc. y gracias a eso, comprende, maneja y empatiza con las emociones de sus alumnos, sabiendo siempre qué decir para apoyarles cuando lo necesitan o cómo “regañar” a cada uno atendiendo a las particularidades del estudiante y de la situación. Sabe ser su apoyo y su guía y termina convirtiéndose en un  soporte fundamental para sus estudiantes en momentos buenos y malos (y también para algunos de sus compañeros). Además, entiende que como actividad fundamental de formación se encuentra invitar a otros maestros a su clase para que le vean y puedan ofrecerle feedback sobre su lenguaje verbal y no verbal (su postura, expresiones faciales, tono corporal, movimientos repetitivos, la rapidez o lentitud con la que habla, entonación, colocación en el aula, uso de pizarra y otros recursos, etc.) Ser visitado por otros profes es esencial para poder crecer como maestros. Tenemos que perder el miedo a que otros adultos entren en nuestras aulas.

Precisamente el siguiente aspecto clave a todo maestro nace de la formación y se observa en el aspecto que sigue a este en cuestión: al buen maestro el curso se le hace corto para poder llevar a cabo todos los proyectos que pasan por su cabeza. Constantemente tiene ideas, y por lo general son buenas e implican una gran carga de trabajo, tiempo, recursos y colaboraciones. Su indicador es ese brillo particular, propio de la ilusión, que se aprecia en sus ojos cuando habla de su trabajo, de sus alumnos, de sus clases, de sus ideas, de sus proyectos… Al ver esa ilusión no debe caber la menor duda: estamos ante un gran maestro.

Un buen maestro es muy dinámico. Realiza una gran multitud de actividades con agrupamientos muy diferentes: grupos grandes, pequeños, parejas, grupos que se juntan, grupos que van creciendo, que se van haciendo más pequeños, parejas que se convierten en grupos de cuatro y después cada uno de esos cuatro pasa a formar parte de otro grupo de cuatro diferente… Las mesas se mueven, los niños hablan para trabajar, hay ruido en el aula (ruido de trabajo) la clase está viva, unos para arriba, otros para abajo, unos que salen, otros que entran… y todo ello lo lleva a cabo con orden y siendo capaz de hacer que todos paren y presten atención al decir “a ver, escuchadme todos”. Por este motivo, suele ponerse enfermo cuando entra en otra aula por algún motivo y se encuentra a todos los estudiantes sentados, en silencio riguroso, con los libros de texto abiertos por la misma página, realizando todos las mismas actividades, de la misma forma, serios, con más cara de aburrimiento de estar concentrados, como un ejército de clones. Y el buen maestro empieza a sudar cuando el maestro de ese grupo le mira con cara de satisfacción como queriendo decir: “¿Has visto que bueno soy con la disciplina? Están todos bajo control” Pues sí. Lo único que no está bajo control es el aprendizaje, el interés, la motivación, la emoción y la ilusión, que son incontrolables ya que no se puede controlar algo que no está presente.

Un buen maestro, y esto es muy importante, enseña a los alumnos a desordenar la clase, a cambiar las sillas y las mesas de sitio, a empantanar el aula para convertirla en un auténtico centro de aprendizaje, pero al acabar la clase, el buen maestro enseña también a los estudiantes que hay que dejar el aula como estaba anteriormente. No sólo es una cuestión de respeto al que la ha dejado como estaba al llegar nosotros, y no es tampoco por una cuestión cívica. Con ello, el buen maestro sabe que está creando una dinámica, que sólo con el orden puede iniciarse una clase y que el mensaje que transmite es: mientras trabajemos tendremos que desordenarlo todo (como sucede con nuestra cabeza, que comenzamos a llenar de conceptos, procedimientos, recuerdos, expectativas, etc. nuestra área prefrontal) y al terminar, tenemos que ordenarlo (como hemos de hacer a nivel cerebral también: una vez que terminemos, tendremos que colocar cada cosa en su sitio para poder volver a encontrarla cuando necesitemos utilizarla).

Un buen maestro, al finalizar su vida laboral, habrá tenido muchos años de experiencia y podrá decirlo orgulloso, a diferencia del que orgulloso dirá que ha repetido su primer curso como profesor durante muchos años. Y así es. Casos se ven todos los años al acabar el curso con los maestros que se jubilan, cuando en sus discursos de despedida o cartas en las revistas de los coles hablan de “35 años subiendo y bajando la escalera con el mismo mapa de Europa” (totalmente desfasado entiendo…) “De tanto usar el libro de texto me sé las páginas y los contenidos de memoria” o una de mis favoritas “Echaré de menos el hacer todos los años lo mismo”. Un gran maestro no diría nunca algo así… Podría decir frases tipo: “No sé dónde voy a meter todos los materiales que he creado durante mis 35 años de docencia”, “¿Quién quiere que le guarde en un disco extraíble los miles de recursos digitales que he guardado? “¿Alguien quiere heredar mi página Web?” “¿Sobre qué voy a escribir en mi Blog?” o algo que me encanta: “Qué haré ahora en verano si ya no tengo que diseñar proyectos que llevar a cabo con mis alumnos durante el curso”.  Estas frases denotan una vida entera entregada a adaptarse a los diferentes grupos de estudiantes que ha tenido, a los diferentes alumnos con los que ha trabajado, porque el buen maestro, debe adaptarse a cada grupo, a cada estudiante. Nunca le escucharemos decir: “este grupo/alumno no se adapta a la forma en la que yo llevo a cabo las clases”. No. Esto es horrible.

Todos tenemos mucho que hacer. En esta profesión nunca se deja de trabajar, de aprender y de invertir en ser un poco mejor maestro cada día. Ser un buen maestro es adaptarse, formarse, observar, sentir, amar, emocionarse y emocionar a nuestros alumnos, en nuestras clases, en las que no puede faltar un ingrediente esencial: la reflexión docente como semilla de crecimiento profesional.

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