Castigos (Parte 1)

CASTIGOS
(Parte 1)

Juan José Millán
Twitter: @webjjmiles

Os doy la bienvenida a la primera de una serie de entradas en las que escribiré sobre el castigo. Muy utilizado en muchas ocasiones y, constante que se repite en todos los castigos que veo, mal empleado absolutamente siempre. A lo largo de las siguientes entradas leeréis sobre el castigo y su relación con el aprendizaje vicario, autoconcepto, la socialización, la inteligencia, la función ejecutiva… Y haré uso de algunos casos reales que seguro que os resultan interesantes. Comenzamos…

UNA HISTORIA DE VIOLENCIA

Era una tarde de lluvia y la televisión dejó de verse, posiblemente por un apagón. Había una fuerte tormenta eléctrica. Marta tenía 17 años y algunos números muy impactantes en su haber: 4 costillas rotas, 1 desprendimiento de retina, 2 fracturas de cúbito, 1 fractura de radio, 1 mes en cama por una fractura de tibia, 2 fracturas de tabique nasal, aproximadamente unos 50 puntos a lo largo de su piel y una tristeza infinita junto a una desolación prácticamente indescriptible. Esa mañana Marta había cometido el terrible error de dejar abierta la puerta de su habitación mientras ésta se ventilaba. Su padre, observó con horror dicha situación. Marta ya sabía lo que le esperaba cuando sus primos se fueran a su casa, ya que habían pasado la noche ahí. Eran las siete de la tarde y seguía lloviendo. El teléfono sonó: “En cinco minutos iremos a recoger a los niños”. Eran los tíos de Marta. En poco tiempo iba a ampliar esa lista de números que trágicamente aun recuerda. Ella lo describía como un tobogán en el que iba bajando y, según bajaba, el miedo, la desesperación, la impotencia, la incomprensión, la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad, se apoderaban de ella. Ese día, se apoderaron de ella hasta el punto de dirigirse a la cocina, abrir un cajón, sacar un cuchillo y dirigirse al cuarto de baño. Se encerró. Intentó acabar con su vida durante 10 minutos, otro número que nunca olvidará. “No hacía más que mirar al reloj y decirme a mí misma: cuando pasen 10 segundos lo hago, pero nunca sacaba la fuerza suficiente para hacerlo”. Tras haber fallado durante 3 minutos, comenzó a llorar. Ella pensaba “Ni para esto sirvo”. Su madre, a los 10 minutos escuchó los sollozos. Su padre se encontraba sentado en el salón leyendo. La madre llamó a la puerta. Marta dejó de llorar. “En ese momento vi la solución” me dijo. Prosiguió: “Abrí la puerta sonriendo y feliz, pero aun con lágrimas en los ojos y el rostro compungido seguramente, y miré a mi madre y le dije, por favor, acaba con esto, déjame descansar, acaba conmigo”, ofreciéndole el cuchillo. Ese día, el padre fue detenido por la policía tras la denuncia de la madre de Marta, la cual sumó su primer y último número: 1 traumatismo craneoencefálico leve. Conocí a Marta 20 años después, cuando vino para que conociera a su hija de 10 años que parecía sufrir ciertas complicaciones de relación con sus compañeros en el Colegio. Antes de contarme nada de lo relatado anteriormente me dijo: “Yo jamás le diré que pegue a nadie, eso lo hacía mi padre conmigo, y no me sirvió para nada más que para odiarle”. Actualmente, tres años después de que nos conociéramos, Marta es feliz junto con sus 2 hijas y su marido, también son ellos felices, en un bonito, debe serlo, pueblo cercano a Vancouver.

SOBRE EL CASTIGO FÍSICO Y EL APRENDIZAJE VICARIO

Hablar de castigo físico en la segunda década del siglo XXI parece algo desfasado y totalmente antiguo, no obstante, en el mes de mayo de 2010, apareció una interesante publicación sobre el castigo físico a los niños, en Pediatrics (Official Journal of the American Academy of Pediatrics)[1], en el que la Dra. Catherine Taylor, directora de una investigación longitudinal que estudió entre 1998 y 2005 a la población de niños castigados físicamente entre los 3 y 5 años, concluía que el castigo físico generaba agresividad en los niños y que, dichos niños, aprendían esa forma de solventar sus diferencias con sus iguales. Sería interesante seguir esa muestra de niños para ver por dónde les lleva la vida.

Tan solo con observar esta conclusión, la Dra. Taylor, está haciendo referencia a un aprendizaje vicario (del que hablé en anteriores artículos de esta misma revista), un aprendizaje observacional. El niño observa cómo es él castigado, y aprecia que las consecuencias que sus padres, sus castigadores, pretenden en él, se muestran tal y como esperaban, es decir, el aprendizaje es: mis padres quieren que me porte bien, me pegan, y yo me porto bien. Cuando este niño quiera jugar al fútbol y no le dejen, mostrará este esquema cognitivo que constituye prácticamente el 100% de su repertorio conductual (el niño siempre ha sido corregido de esta manera) y lo traducirá a la situación: quiero jugar al futbol, no me dejan, les pego, me dejan jugar al fútbol. Obviamente luego recibirá otras consecuencias por la acción cometida, no obstante, el niño ha jugado al fútbol, ha conseguido lo que quería y en el momento en el que quería. El coste inmediato de su conducta es igual a cero. Y aquí viene uno de los grandes dilemas que constituye un auténtico quebradero de cabeza para aquellos que tratamos de mezclar conducta, educación, psicología, neurociencia y enseñanza.

SOÑANDO CON ALCANZAR IMPOSIBLES

Sin ningún temor afirmo rotundamente que castigar es la tarea más compleja que existe. Encontrar el castigo correcto, aplicarlo de la forma adecuada, en el momento exacto, durante el tiempo preciso, y con la intensidad necesaria, créanme, es una tarea cercana a lo imposible. Sí, ya lo sé. Todos hemos castigado en algún momento de nuestras vidas a nuestros hijos, sobrinos, nietos… y efectivamente, todos hemos sido castigados. Y efectivamente modulábamos nuestra conducta….

Permítanme realizar un cambio radical en el desarrollo de este artículo.

¿CUÁL FUE EL SUEÑO QUE INTERPRETÓ?

Era el año 1859 cuando Albert Niemann, farmacéutico y químico alemán  aisló, dos años antes de su fallecimiento, un alcaloide tropano cristalino: benzoilmetilecgonina que llevaba dando vueltas por Europa desde 1750. Freud se topó con este fármaco (ya que desde 1880 este alcaloide se encontraba inscrito en la lista oficial de drogas de la farmacopea de los EEUU) y fue en abril de 1884 cuando se aventuró a probarlo, y así lo anotó en algunos ensayos realizados, tras leer los estudios americanos y no se debilitó su pluma a la hora de mostrar sorpresa pública al comentar que quedó maravillado con la publicación de Aschendbrandt. Tales eran las maravillas de este fármaco que decidió tratar a un amigo suyo con el alcaloide aislado por Niemann (su amigo era adicto a la morfina) Ese mismo año, alentado por Freud, su colega Koller, decide investigar con esa sustancia en los ojos de las ranas y en el ojo humano, descubriendo sus propiedades como anestésico local. Desde entonces (1884) comenzó a emplearse en una gran cantidad de clínicas del mismo país como anestésico. En diciembre de ese mismo año Freud publica en  St. Louis Medical and Surgical Journal las propiedades de este anestésico casi a la vez que Hall y Halsted informan del bloqueo de transimisón de sensaciones tras la inyección de esta sustancia en un nervio. Realmente era una sustancia interesantísima: estimulaba el sistema nervioso central, suprimía el apetito, además, era posible su uso como anestésico tópico. A su vez, actuaba como recaptador de la serotonina, de la norepinefrina y de la dopamina (lo que le sirvió para ganarse el nombre de inhibidor de recaptación triple), además, mediaba la funcionalidad de dichos neurotransmisores comportándose como un ligando exógeno en el transporte de catecolaminas. ¡Era una maravilla para el ser humano! Anestesiaba, estimulaba el SNC, y no sólo eso, sino que cruzaba la barrera hematoencefálica con refuerzo varias veces superior a muchas otras sustancias químicas con actividad psicoactiva. En 1885 Fleischel (el amigo al que Freud comenzó a tratar con esta sustancia), gran consumidor del anestésico describió una psicosis paranoide, posiblemente de naturaleza tóxica: chinches de esta sustancia que se arrastraban hacia él. Surgen las primeras críticas hacia Freud, quien aseguraba que esta sustancia no generaba ningún mal. Comienza a calificarse al anestésico como “el tercer azote de la humanidad”. Poco a poco, Freud comienza a retractarse en sus elogios al anestésico, pero incrementa su consumo. Tal fue la repercusión de esta sustancia que hasta Sir Arthur Conan Doyle, describió en El signo de los cuatro (1888)[2] el consumo de este anestésico, por vía parenteral, en una de las hazañas del ilustre Sherlock Holmes. En 1900 (aunque realmente fue en 1899), Freud gran usuario y gran consumidor de la benzoilmetilecgonina publica Die Traumdeutung, obra conocida en español como La interpretación de los sueños. Hasta 1903, cierta bebida muy comercializada en la actualidad, incluía 9 mg. de esta sustancia (algunos no saben que a día de hoy esta bebida contiene extractos no alcaloides de la misma[3]). La bebida es Coca Cola, y el anestésico al que me he referido todo el rato y del que he relatado parte de su historia, es la Cocaína, sustancia ilegal, nociva y prohibida en todo el mundo salvo en algún país de Europa donde puede ser empleada como anestésico local[4]

Tras esta no caprichosa, pero sí superficial, historia de la cocaína, retomaremos el tema que nos ocupa: los castigos.

[1] Si lo desea, puede consultar el artículo de forma libre y en PDF siguiendo el vínculo: http://www.pediatricsdigest.mobi/content/125/5/e1057.full.pdf+html

[2] Pueden leer dicha novela gratuitamente en Internet, en un archivo en pdf fácilmente accesible desde http://holmes.materialdescargable.com/novelas/es_novelas/El%20Signo%20de%20los%20Cuatro.pdf Dicho relato aparece en el primer párrafo del capítulo uno. Página 4 del documento que les facilito. Si consideran complicado introducir dicha dirección, busquen en Google “El signo de los cuatro”. y encontrarán como segundo vínculo (noviembre de 2012) un acceso a un pdf de una Web llamada holmes.materialdescargalbe.com

[3] En la actualidad, la empresa Stephan Chemicals, sita en Chicago, produce dichos extractos no alcaloides de las hojas de coca, la cual importa desde Perú (anualmente se estiman unas 115 toneladas anualmente) con el permiso del Departamento de Justicia de los EEUU de Norteamérica. Si lo desea puede ampliar información y leer más acerca del empleo de esta sustancia y del comercio de la misma siguiendo este enlace: http://www.time.com/time/world/article/0,8599,1610405,00.html (consultado en noviembre de 2102)

[4] En Alemania de acuerdo con su propia ley de prescripción de sustancias anestésicas es legal a día de hoy tal y como puede apreciarse en dicha ley o en Mendoza, P., (2008) Farmacología Médica. Panamericana. P. 333

 

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